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23 de diciembre de 2005

Azulejos amarillos

A lo mucho eramos ocho los presentes en aquel público, pero a la vez privado concierto. Claro, ocho y el intérprete. El olor de la tierra de las macetas recien regadas flotaba por el aire. Todavía goteaba desde algunos canceles de los pisos superiores el rocío enterregado.

El azulejo amarillo del piso a pesar de mojado, lucía seco, desgastado por el sol, sin brillo ni intensidad, pero sostenía nuestros cuerpos de tal modo que no nos hundieramos ante la belleza del violín de Oskar. Él es un estudiante de no me acuerdo cuál país del este de Europa, que vino a la ENM de la UNAM. Es tremendamente pálido y rubio. Yo también soy estudiante de la UNAM, nomás que soy de Guadalajara, allá no hay la carrera de Arqueología, por eso me vine para acá.

Yo de música no sé nada, nomás que me gusta. Tampoco soy de los que escuchan óperas o las canciones que ponen en la radio las 24 horas de música clásica. En Guadalajara hay como dos estaciones así, en el DF más. Digo, a mí me gusta de todo pues, pero nunca había escuchando tanta música instrumental hasta que Oskar se ponía a ensayar en su cuarto. "Suena muy chido" me decía mi novia cada vez que venía a mi casa y entonces abría las ventanas para escuchar mejor los lamentos sinfónicos de Oskar. Yo unía los dos actos como si dos palabras en el crucigrama se cruzaran accidentalmente. Miraba a Elisa caminar lentamente hacia la ventana, observaba el contorno de sus muslos y nalgas, imitando el vaivén de la música. Después regresaba corriendo a mi cama y la abrazaba.

Esta mañana era diferente. Yo me disponía a tomar un pesero para ir a la universidad. Doña Clotilde y su hija iban saliendo al mandado. Los demás eran estudiantes, porque este edificio es principalmente de jóvenes estudiantes extranjeros o de provincia (como nos dicen los chilangos). Oskar no hablaba español, por lo que todos pensaban cuando llegó que era gringo. Los del edificio le dicen el güero pero cuando lo he visto por el campus siempre lo llaman por su nombre.

Bueno, el concierto de esta mañana fue diferente. Cada vez que Oskar practica la gente apaga la tele, la radio y a veces hasta detienen todo lo que están haciendo para escuchar a Oskar. Eso me sorprendió en el DF, un lugar de caos y urgencia todo el tiempo. Quizá este rincón de la ciudad dejaba de ser el DF por una hora al día; la hora que Oskar ensayaba en su casa todos los días. A veces, cuando no salía de casa, duraba más tiempo practicando y nadie se enojaba y ni gritaba algo para callarlo. A diferencia de otras veces, esta mañana los ocho que estábamos en la casa caminábamos por los pasillos. Oskar nos había sorprendido fuera de nuestra habitación. La sorpresa pronto causó sopor entre nosotros. No sabíamos que hacer, si irnos a nuestros primeros destinos, regresar a nuestros cuartos, o simplemente esperar inmóviles. Todos esperamos. La rareza de la situación para nosotros y para Oskar convirtió aquel edificio en un escenario artístico. Desacostumbrados a compartir la música y no a escucharla solos siempre, ahora esta sorpresiva intervención estremeció nuestras almas.

Los azulejos amarillos no nos dejaron caer.

19 de diciembre de 2005

La última entrada del primer blogger

1999 fue la fecha de la primera entrada de un blogger o persona que muestra públicamente su diario en Internet. Aunque no fue el primer blog en Internet, ya que grandes compañías electrónicas usaban esta herramienta para publicar sus avances día con día, sí fue el primero en revelar información llamada "íntima" a un grupo mayor de dos personas con un alcance global nunca antes visto. El final de siglo estaba a la vuelta de la esquina.

La principal esencia de un diario antes de esa fecha, era su carácter privado. Muchas personas escribían en cuadernos o libros especiales para escribir un diario, que muchas veces incluía un cerrojo para evitar miradas ajenas. Es muy interesante saber que estas miradas "ajenas" no podían ser otras que las vinculadas más íntimamente con la persona autora del propio diario: su familia. No queremos interpretar que la obligación de cada persona de un diario es informar a su familia de todo lo que sucede en su vida o de los pensamientos e ideas que tiene, porque ahí radica la autonomía de cada individuo. Sin embargo, fue sorprendente divisar que una vez publicado el primer diario en español, en 1999 como ya dijimos, una gran cantidad de sujetos abriera sus ideas al exterior no inmediato, sino al exterior digital.

Otra característica intrínseca de un diario es que puede volver a ser consultado por su autor. Se escribe para no olvidar. Se trazan días que no quieren ser dejados al olvido por alguna razón. El sujeto conoce y sabe de su memoria y las fallas que mantiene. Además, el elemento catártico confesional que conlleva revelar, aunque sea a uno mismo, un hecho personal, estimula espiritualmente al creador de sus propias invenciones. "Somos nuestra memoria, somos ese quimérico museo de formas inconstantes, ese montón de espejos rotos" decía el escritor argentino José Luis Borges.

Una característica cultural de los antiguos diarios era su casi instantánea asociación con las mujeres. Sería inaudito pensar que sólo las mujeres escribían diarios, pero dentro de la consciencia del colectivo social debían existir diferencias en los términos utilizados para esta actividad. Mientras las mujeres escribían diarios personales los hombres redactaban bitácoras, aquí la definición:
Originalmente una 'bitácora' era un armario que tenían los barcos junto a la rueda del timón para guardar la brújula y otros instrumentos, entre los que podía encontrarse un cuaderno llamado Cuaderno de Bitácora donde el capitán del barco hacía un registro cronológico de las maniobras y decisiones tomadas a lo largo del día, pudiendo anotar datos relevantes como velocidad del viento, estado de la mar y otros datos relacionados con la navegación.

Los hombres no querían realizar actividades que socialmente eran propias de mujeres y cambiaron el término para la misma actividad, adoptando un término más viril y masculino culturalmente, por supuesto. Algo más significativo fue que el primer blogger fue hombre y no mujer. Los hombres han mantenido también una asociación social más cercana a la Informática que las mujeres. La mayoría de autores de diarios eran mujeres así como la mayoría de estudiantes en la carrera de Informática o estudios relacionados con las computadoras son hombres. O al menos eso yace en el imaginario de las sociedades modernas.

Mi colega Lisa Guernsey del New York Times, señala en el artículo El sexo de los weblogs que casi todos los weblogs que contienen enlaces a otros diarios, en su mayoría son vínculos a sitios producidos por hombres. Eso puede parecer una coincidencia pero Guernsey señala que las mujeres que fueron indetificadas por su diarios y leídos en la red escribían sobre su vida íntima, manteniendo así una relación histórica con una actividad escritual, mientras que la mayoría de los hombres escribían sobre otra cualquier cosa, menos sobre su vida íntima.

La antigua escritora de diarios, parece que ha mantenido una continuidad temática en su quehacer histórico sólo que ha quebrantado la principal esencia del diario tradicional y ha instaurado nuevos criterios en la elaboración de un texto íntimo. Quizá se ha dado cuenta que compartir para sí misma no ha sido fructífera como ella deseaba y ahora su verdadera autonomía se ha trasladado a otros ámbitos escritos o sociales. Quizá convive su antiguo diario junto con el digital en mútua o aparente armonía.

Mi experiencia como periodista en diferentes áreas de la cultura, me ha hecho ver a lo largo de más de 25 largos años toda una serie de sucesos que impactaron a la humanidad: guerras sangrientas entre países, ideologías extremistas, la apertura del mercado y la integración de países en vías de desarrollo a otras esferas económicas, premios Nobel, discordias internas, en fin toda una gama de hechos que un hombre común no podría vislumbrar. Me ha sorprendido pues, la enorme cantidad de personas que día con día escribe para otros que no sean sí mismo o por lo menos, la capa social inmediata en su hábitat cotidiano. Parece que merece ser reconocido por otro, en un punto geográfico que jamás será visitado, que jamás será asimilado, que nunca podrá ser vivido.

Mi labor periodística me ha llevado esta mañana a entrevistar al hombre que escribió su primer bitácora en línea, nos reunimos en un café. La semana pasada publicó lo que el llamó su Último día en la duela. Después de varios minutos y de explicarme cosas como la interactividad, inmediatez, entradas, tracbacks, gestores, comunidades, multimedia, alcance global, información mundial, lectores, fotoblogs, vlogs, audioblogs, RRS, interfaces y demás términos blogueros, le pregunté de manera punzante, o al menos así lo creí en ese momento, por qué dejó de escribir en su página virtual. Reservado, me respondió que por asuntos personales y no dijo nada más.

El chico me dio algo de pena. Tenía poco más de treinta años, un aspecto fantasmal y con un rostro inmutable. Cada gesto era frío, apático, como ya dicho. A decir verdad no sabía muy bien lo que le preguntaría, antes de la entrevista había leído unas cuantas anécdotas de su bitácora. Cualquier cosa que un paisano no hubiese hecho antes. ¿Por qué tenía un rating diario de mínimo mil visitantes? ¿Qué había en aquellas letras digitales de alentador, de reflexivo, de incendiario?

Estuve en mis primeros años como periodista en muchos conflictos de Centroamérica, con revolucionarios de Guatemala, El Salvador y Nicaragua. Fueron tiempos agitados. En aquellos tiempos encontré varios diarios de papel entre balas y sangre. Hojear aquellos actos de fé y esperanza en la victoria sólo traían angustia pero también crueldad, pero mi labor periodística es la de informar y esas eran las mejores fuentes que un periodista puede tener.

Para ser sensato y a mi propio criterio, la última entrada del primer blogger, fue el primer día de su elaboración, allá en 1999. Porque, si me permiten decirlo, no hay mayor mentira que la mitad de la verdad y en su caso señor blogger, hay mucha tela de donde cortar.

12 de diciembre de 2005

Escribir por escribir

Escribir por escribir para saber que estás vivo.

Tu cara está como si hubieras llorado todo el día y toda la noche dijo casi riendo su esposo. Ella sólo miraba distraída el pequeño hueco que se había hecho dentro del cuento....

Es un agujero negro dijeron los astronautas. Y la nave desapareció tendida a merced del cosmos.

El sonido ese
de sol, de sano, de seno,
suena suave sobre los sonámbulos
ese sonido sabe resonar sensorialmente
ese sonido que siembra sabores
se soba y se bate
se va.

Se va la letra al escribir por un hoyo cuadrado, que a veces hace de piano y otras de resumidero.

Resumidero. m. Sumidero, alcantarilla.

Esta es la razón por la cuál, hoy día mundial, sin saber cómo ni por qué, el sonido ese dejó su sueño al hacer zzzzzz. Buenas noches.

3 de diciembre de 2005

Bienvenido, me han dicho...

Bienvenido en cada puerta, en cada ventana, en cada canción de autobús. A partir de mis posibilidades soy bienvenido a otras regiones de Guadalajara, a otras barrancas, a otras nubes.

Cada restaurante, cada local público, cada cabina telefónica espera mi presencia de hojalata. Soy actualizado en cada revisión, nuevas versiones emulan y trazan sujetos nuevos en una sola persona. Miradas antiguas recodean y recorren miles de horas en tan pocos minutos, saludos-adiós. Bienvenido seas pues, a este estrado con ascensores.

Dispersas están las anotaciones que emanan luces de horas. Bienvenidas montañas, bienvenidos cactus. La planicie viene bien. Y en el vientre mariposas y en la sien atardeceres. Cada habitación es una bienvenida, cada puerta: una entrada, una salida.

Seguí todos los caminos. Bienvenido a Roma. Seguí solo las laderas. No hay lugar donde no encuentre un artefacto que de viejo me regrese. Toda y cada cosa nombrada reside en su bienvenida. Viena influye en la ida, en los sueños-anagrama. Recintos que madrugan auxiliados por Dios.

Bienvenido, entre queridas penas ya aguardan la ocasión. Los pronósticos indican: no hay lugar en tal brecha, no hay zona más estrecha, esperad que abra el telón.

Hosco, el telón abre:
así comienza la función...

28 de noviembre de 2005

El corazón verde

Felisberto Hernández

Hoy he pasado, en esta pieza, horas felices. No importa que haya dejado la mesa llena de pinchazos. Lo único que siento es tener que cambiar el diario que la cubre; hace tiempo que está puesto y le he tomado simpatía; es de un color verdoso, las letras grandes de los títulos son de color naranja y tiene la fotografía de unos quintillizos. Cuando la tarde estaba terminando y se apagaba un poco el gran calor, yo venía hacia mi pieza cansado de caminar. Había ido a pagar una cuota de un sobretodo comprado en invierno. Estaba un poco decepcionado de la vida pero tenía cuidado de que no me pisaran los vehículos; pensaba en mi pieza y recordé las cabecitas peladas de los quintillizos como si fueran las yemas de cinco dedos. Cuando ya estaba en mi cuarto con los brazos desnudos sobre el diario verde y un pequeño círculo de luz daba sobre los libros de colores, abrí una caja de lápices y saqué mi alfiler de corbata. Le di vuelta entre mis manos hasta que se me cansaron los dedos y distraídamente pinchaba el diario en los ojos de los quintillizos.

Primero ese alfiler había sido una pequeña piedra verde que el mar había desgastado dándole forma de corazón; después la habían puesto en un prendedor y el corazón había quedado emplomado entre el cuadrilátero del tamaño de un diente de caballo. Al principio, mientras yo le daba vuelta entre mis dedos, pensaba en cosas que no tenían que ver con él; pero de pronto él me empezó a traer a mi madre, después a un tranvía a caballos, una tapa de botellón, un tranvía eléctrico, mi abuela, una señora francesa que se ponía un gorro de papel y siempre estaba llena de plumitas sueltas; su hija, que se llamaba Ivonne y le daba un hipo tan fuerte como un grito, un muerto que había sido vendedor de gallinas, un barrio sospechoso de una ciudad de la Argentina y donde en un invierno yo dormía en el suelo y me tapaba con diarios, otro barrio aristocrático de otra ciudad donde yo dormía como un príncipe y me tapaba con muchas frazadas, y, por último, un ñandú1 y un mozo de café.

Todos estos recuerdos vivían en algún lugar de mi persona como en un pueblito perdido: él se bastaba a sí mismo y no tenía comunicación con el resto del mundo. Desde hacía muchos años allí no había nacido ninguno ni se había muerto nadie. Los fundadores habían sido recuerdos de la niñez. Después, a los muchos años, vinieron unos forasteros: eran recuerdos de la Argentina. Esta tarde tuve la sensación de haber ido a descansar a ese pueblito como si la miseria me hubiera dado unas vacaciones.

En muchos años de mi niñez nosotros vivíamos en la falda del Cerro. La gente que subía la calle de mi casa llevaba el cuerpo echado hacia adelante y parecía que fuera buscando algo entre las piedras; y al bajar llevaban el cuerpo echado hacia atrás, parecían orgullosos y tropezaban con las piedras. De tarde mi tía me llevaba a unos morros que estaban cerca de la fortaleza. Desde allí se veían los barcos del dique, con muchos palos grandes y chicos con espinas de pescados. Cuando en la fortaleza tiraban el cañonazo de la entrada del sol, mi tía y yo empezábamos a bajar.

Una tarde mi madre me dijo que me llevaría a casa de una abuela que vivía en la dársena y que vería un tren eléctrico; sin embargo esa mañana yo me había portado mal; me habían mandado a buscar almidón en caja; pero yo lo traje suelto y me retaron; al ratito me mandaron a buscar yerba y como yo la quería en caja, los almaceneros, que eran amigos de casa, me la pusieron en una caja de botines; pero yo había cometido otra falta: me volví a casa con "la plata" y me retaron porque no había pagado; al rato me mandaron a buscar fideos con un peso; yo traje los fideos pero no quise traer el cambio porque eso era traer la plata y me retarían; en casa se alarmaron porque no había traído el cambio y me mandaron a buscarlo; entonces los almaceneros escribieron en un papelito algo que tranquilizó a mamá. Decía: "El cambio está entre los fideos."

Esa tarde todas las mujeres de casa quisieron ponerme un gran cuello almidonado que iba prendido a la camisa con botones de metal; la única que pudo fue otra abuela -ésta no vivía en la dársena ni llevaba en el pecho el corazón verde-; ésta tenía los dedos rechonchos y calientes y al metérmelos en el pescuezo para prenderme el cuello me había pellizcado la piel; yo me ahogué dos o tres veces y me habían venido arcadas.

Cuando salimos a la calle el sol hacía brillar mis zapatos de charol y a mí me daba pena tropezar con todas las piedras del camino; mi madre me llevaba de la mano y casi corriendo. Pero yo estaba contento y, cuando ella no contestaba a mis preguntas, me contestaba yo. De pronto ella me dijo:

-Cállate la boca; pareces el loco de siete cuernos.

Y enseguida pasamos por lo del loco. Era una casa sin revocar y muy vieja. En la reja de una ventana había latas atadas con alambres y detrás gritaba continuamente el loco llamando a la gente que pasaba. Él era grande, gordo y tenía una camisa a cuadros. A veces venía la mujer, que era chiquita y flaca, para hacerlo callar; pero enseguida él seguía gritando y de pronto los gritos eran roncos.

Después cruzamos frente a la carnicería: yo pasaba allí mañanas enteras esperando que me despacharan; la gente estaba callada; pero un mirlo cantaba fuerte, siempre el mismo canto, y yo me aburría mucho.

Al pie del Cerro estaba la calle donde pasaba el tren de caballos; primero se oía la corneta y después el ruido de los caballos, las cadenas y el látigo largo para alcanzar al cadenero. Yo me hinchaba en uno de los dos asientos largos para estar frente a la ventanilla. Y mucho rato después me tenía que tapar las narices porque pasábamos por los frigoríficos que había cerca de un arroyo. A veces, cuando el tren y los caballos hacían ruido sobre el puente, yo me olvidaba de taparme la nariz y enseguida sentía el olor. Esa tarde nos bajamos en el Paso Molino y mi madre entró en una confitería a conversar con la dueña. Pasado un largo rato, la confitera dijo:

-Su niño mira los caramelos.

Y señalando los boyones me preguntaba:

-¿Quieres de éstos?... ¿De estos otros?

Yo le dije a mi madre que quería la tapa del boyón. Se rieron y la confitera me trajo la tapa de otro que se había roto hacía poco. Mi madre no quería que yo fuera con aquello por la calle; pero la confitera lo envolvió, lo ató y le puso un palito para agarrarlo.

Cuando salimos era de nochecita y yo vi en medio de la calle un zaguán iluminado; mientras mi madre me llevaba hacia él yo miraba los vidrios de colores. Ella me decía que era un tren eléctrico. Pero como yo lo veía de la parte de atrás seguía pensando que era un zaguán. En ese instante tocaron un timbre, el "zaguán" soltó un suspiro fuerte y empezó a resbalar despacio hacia adelante. Al principio apenas se movía y las personas que alcancé a ver dentro de él iban quietas como muñecos dentro de una vidriera. Nosotros no llegamos a tiempo y al ratito el zaguán iba lejos y dio vuelta por entre unos árboles.

La casa de mi abuela quedaba en una calle cerca del puerto. Se entraba por un patio largo y teníamos que subir escaleras. Después pasamos por un comedor donde había una mesa con una fuente de pasteles. Mi madre me había encargado que no pidiera; entonces yo le dije a mi abuela:

-Si me dan, pido; si no, no.

A mi abuela le hizo mucha gracia y en una de las veces que me fue a besar le vi el corazón verde, se lo pedí y ella no me lo dio. Antes de cenar me dejaron jugar con una chiquilina que se llamaba Ivonne. La madre tenía en la cabeza un gorro de papel de diario y toda la cara y la pañoleta llenas de plumitas blancas muy chiquitas.

Esa noche antes de dormir vi en la pared una escalerita de luces que eran reflejo de las persianas. Después no me desperté a pesar de que todos se levantaron por el ruido que hizo la tapa del boyón cuando se resbaló de abajo de la almohada y se cayó al suelo. Al otro día, cuando tomaba el café con leche, sentía a cada momento un grito raro y me dijeron que era el hipo de Ivonne; parecía que ella lo hiciera por gusto. Esa mañana ella me convidó para ir a ver un muerto en las piezas del fondo. La madre no quería dejarla ir porque tenía hipo. Yo miraba el gorro de papel de la madre y esa mañana el color de las plumitas era violeta. Enseguida pensé en el muerto. Ivonne le decía a la madre:

-Mamá, es un muerto de confianza; es aquel viejito que vendía gallinas.

Ivonne me dio la mano y me llevó; yo tenía miedo y no soltaba la mano. El viejito estaba solo y tapado con un tul. Ivonne no sólo soltaba los gritos del hipo sino que quería apagar todas las velas que había alrededor del cajón. De pronto entró la madre, la agarró de un brazo y la sacó corriendo; y como yo estaba fuertemente agarrado a la mano de Ivonne, a mí también me llevaron.

Aquella misma mañana mi abuela me regaló el corazón verde; y hace pocos años, nuevos hechos vinieron a juntarse a esos recuerdos.

Yo estaba en una ciudad de la Argentina donde el encargado de arreglar mis conciertos había cometido errores desde el principio y al final no se había podido hacer nada. Mientras tanto tuve tiempo de ir descendiendo por todas las categorías de los hoteles del centro y al fin había caído en un barrio sospechoso de los suburbios, donde un amigo alquiló una pieza. A él los padres le habían mandado una cama y él me cedió un colchón. Hacía mucho frío y yo había gastado la mayor parte de mi dinero en comprar diarios viejos: los ponía abiertos encima de una cobija fina y arriba de ellos un sobretodo que me había prestado el encargado de mis conciertos. Una noche desperté a mi amigo con un grito feroz; yo también me desperté y me encontré poniendo una almohada en la pared: estaba soñando que allí había un agujero donde aparecía sonriendo un loco que tenía en la cabeza un gorro de papel de diario. Y después de pensar mucho en eso -no quería volver a dormirme porque tenía miedo de repetir la pesadilla- recordé el gorro de la mamá de Ivonne.

A los pocos días paseaba con tristeza entre las luces del centro de la ciudad, y de pronto decidí empeñar el corazón verde para ir al cine. Esa noche, después de la función me animé a pedirle dinero a otro amigo que tenía en Buenos Aires; ya le debía mucho, pero ahora me arriesgaría porque tenía casi arreglado un concierto en una ciudad vecina. Esa misma noche volví a pensar en el gorro de la mamá de Ivonne y decidí mandarle preguntar a la mía qué hacía aquella señora con las plumitas y el gorro de papel de diario. Es posible que mi madre lo hubiera sabido. También le dije que yo recordaba haber visto que la señora tironeaba algo que tenía en las faldas y yo había pensado que desplumaba a un animalito.

Cuando vino el dinero, rescaté el corazón verde y me fui a la ciudad vecina. Allí todo fue bien desde el principio y pude hospedarme en un hotel cómodo. Me habían dado una pieza con tres camas, una de matrimonio y dos de una plaza. Yo quería una pieza para mí solo y yo podía elegir la cama que quisiera. A la noche, después de una cena más bien exagerada, elegí la cama de matrimonio y puse en ella las frazadas de todas las camas. Los muebles eran de una vejez muy oscura y los espejos eran borrosos y veían mal la luz.

La tarde que di el primer concierto, tuve tiempo -antes que se cerraran los negocios- de comprar libros, lápices de colores para subrayarlos y un índice muy lindo al que después le buscaría aplicación. Apenas cené y me metí con los libros en la cama de matrimonio, pensé en el cine y no pude resistir a la tentación: me vestí de nuevo y fui a ver una película vieja en que unos enamorados se daban besos largos. Era muy feliz y no quería acostarme; fui a un café donde había un ñandú muy manso que vagaba a pasos lentos entre las mesas. Yo estaba distraído mirándolo y dando vuelta entre los dedos al alfiler de corbata cuando el ñandú vino apresuradamente hacia mí, me sacó de un picotón el corazón verde y se lo tragó. Mis ojos miraban con desesperación el alfiler bajando, como un bulto dentro de una media, por el cuello del ñandú; hubiera querido hacerlo correr hacia arriba; pero llegó el mozo del café y me dijo:

-No se preocupe.

-¡Pero, señor! ¡Si es un viejo recuerdo de familia!

-Escuche, caballero -me decía el mozo levantando una mano como el vigilante que detiene un vehículo-: el ñandú se ha tragado muchas cosas y siempre las ha devuelto. Quédese tranquilo, que mañana o pasado yo le entregaré su alfiler como si nada hubiera ocurrido.

Al otro día vi en los diarios las crónicas de mis conciertos. Pero uno de ellos traía en primera plana un título que decía: "La estadía del pianista depende del ñandú." Y el artículo estaba lleno de bromas.

Ese mismo día recibí carta de mi madre en que me decía que la mamá de Ivonne hacía cisnes de polvera, que los hacía de todos los colores y que los tironeos serían para sacar las plumitas del paquete, porque a veces venían muy apretadas.

Al otro día el mozo del café me trajo el alfiler y me dijo:

-Ya le había dicho yo, señor; el ñandú es muy serio y devuelve todo.

Para otra vez que vaya a descansar a ese pueblito de recuerdos, tal vez me encuentre con que la población ha aumentado; casi seguro que allí estará aquel diario verde y los quintillizos a quienes les pinché los ojos con el alfiler.

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